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4.9.08

Día de la Historieta Argentina

Por Andrés Valenzuela

La fecha podía ser cualquiera. Simplemente tenía que haber un día, y ¿qué mejor que elegir la salida de la obra más emblemática del comic nacional? Un 4 de septiembre, hace 51 años, apareció por primera vez Juan Salvo, el Eternauta, con el rostro carcomido por el cansancio, la soledad y las aventuras. Fue en la mítica revista Hora Cero, de la editorial Frontera, fundada por el mismo guionista de esa historia: Héctor Germán Oesterheld. La dibujaba Francisco Solano López con su línea clásica y potente. Así, hoy los amantes del noveno arte festejan el Día de la Historieta Argentina. Y, como no podía ser de otra manera, cientos de adoradores de las viñetas se reunirán en distintos puntos del país para festejar(se).

El Día H, como lo llaman sus ideólogos, creció desde su nacimiento en 2006 hasta hoy. Del humilde encuentro de un puñado de fanáticos y artistas del género en un centro cultural para brindar, la iniciativa fue creciendo en apoyo, convocatoria y aceptación en el ambiente. Al punto que hoy al encuentro madre de la fecha en Capital (en el Centro Cultural Plaza Defensa) se plegaron otros diez eventos.

“Nos gustaría que quede claro que no festejamos sólo el Eternauta, sino toda la historieta argentina, que es mucho más que eso”, señala Alejandra Márquez, organizadora de la jornada porteña sobre la fecha. Para reflejarlo, en esta ocasión harán hincapié en la historia de la industria editorial nacional, cuenta el historietista y coorganizador Gustavo Schimpp. Por el mismo motivo, además, se hará un reconocimiento a la trayectoria de varios artistas históricos del género: los guionistas Alfredo Julio Grassi, Carlos Albiac, Eugenio Zappietro (también conocido como Ray Collins) y los dibujantes Carlos Vogt, Mannken y Guillermo Guerrero.

Poniendo fecha

Decidir una fecha para conmemorar la historieta argentina, que nació hace siglo y medio es, por lo menos, complicado. Un repaso (rápido y forzosamente plagado de omisiones) por la historia del género permite establecer algunos mojones importantes. Las primeras historietas aparecieron en la Argentina entre mediados y fines del siglo XIX en las revistas de sátira política, como la legendaria El Mosquito, que se nutrió de ilustradores recién llegados de Europa dedicados al humor gráfico. A fines de siglo aparecen las primeras historietas propiamente dichas en Caras y Caretas y el primer personaje de la historieta local: Goyo Sarrasqueta, de Manuel Redondo. Viruta y Chicharrón, también de Redondo, suelen considerarse los primeros, pero en verdad estaban inspirados en una tira norteamericana.

En la década del ’20 se afianzó el género, que paulatinamente se instaló en todos los espacios editoriales locales. Para entonces prácticamente no había diario o revista popular que no incluyera al menos alguna caricatura. Además, en 1928 nació la primera revista exclusivamente de historietas: El Tony, de la editorial Columba. Ya en esta época empezaron a multiplicarse las revistas de historietas y aparecieron varios personajes emblemáticos, como Patoruzú o Isidoro Cañones. Este proceso se consolidó hasta el comienzo de “la edad dorada de la historieta argentina”, en 1940. Entre las muchas publicaciones de esa década vale resaltar tres: Rico Tipo, fundada por Guillermo Divito, que llegó a vender 350.000 ejemplares y contó entre sus colaboradores con talentosos como Calé, Landrú, Oski y Mazzone; Patoruzito, donde Alberto Bre-ccia hizo sus primeras armas como dibujante, e Intervalo, de Editorial Columba, que comenzaría la serie de historietas “para adultos”.

Los siguientes diez años fueron el punto más alto para el género. Se destacó Tía Vicenta, dirigida por Landrú, pero lo más sobresaliente fue la aparición de Héctor Germán Oesterheld como guionista, que legó cantidad de personajes emblemáticos: el Sargento Kirk, Ticonderoga, Ernie Pike y, claro, El Eternauta. Considerada su cumbre artística (junto a Mort Cinder, de 1962), aquí Oesterheld refinó su estilo narrativo: terminó de abandonar la división entre “buenos” y “malos”, construyó personajes de gran profundidad y llevó la aventura al mundo cotidiano. Todo permeado por su comprometida visión de la realidad política.

En 1960 comenzó la decadencia editorial, con el cierre de varias revistas. Tres causas ayudaron a esto: la competencia con material mexicano a bajo precio y mejor impreso, la aparición de la televisión, y la emigración de destacados artistas argentinos, producto del menor espacio para publicar aquí y una revalorización como arte de la historieta en los círculos intelectuales europeos. Pese a esto, la década vio nacer a otros grandes: Mafalda, que Quino publicó por primera vez en el diario El Mundo, el Corto Maltés, de Hugo Pratt, y Nippur de Lagash, del paraguayo Robin Wood.

La década siguiente, como el final de la del ’60, estuvo marcada por los sucesivos golpes de Estado: la historieta sufrió la censura como cualquier otro arte. En contrapartida, un punto altísimo de la década es la aparición de dos revistas de humor político: Satiricón, hasta su clausura en 1974, y, sobre todo, Humor, con su abierta oposición a la dictadura militar, la misma que da la nota siniestra de la década a la historieta cuando desapareció a Oesterheld. Entre los destacados de la época figuraron El loco Chávez, de Trillo y Altuna, y Hortensia, donde Roberto Fontanarrosa publicó por primera vez algunos de sus personajes más populares.

A comienzos de los ’80 se destacó el suplemento Superhumor, de la revista Humor, donde, además de historietas, había artículos sobre el género firmados, en otros, por Juan Sasturain. También de esta época es Cuero, una corta experiencia de Oscar Steimberg en la que por primera vez un escritor argentino reconocido, Dalmiro Sáenz, guionizó un comic firmándolo con su propio nombre. Pero las viñetas argentinas de la década estuvieron marcadas por otra revista: Fierro. Fierro vino a renovar el género y poner en sus páginas lo más creativo del momento. Eran historietas para adultos por temática y por lenguaje. Incluyó un suplemento dedicado a la experimentación, hizo concursos para buscar nuevos talentos y la sección “Argentina en pedazos”, que adaptaba textos literarios argentinos.

La década de los ’90 dio un golpe a las producciones locales. La paridad cambiaria que impuso el gobierno de Carlos Saúl Menem abarató las revistas norteamericanas, que inundaron el mercado a caballito de las comiquerías, multiplicadas por todo el país. La fortísima competencia empujó al abismo a las revistas antológicas locales y, con ellas, desarticuló el circuito de formación de nuevos artistas. Como consecuencia, los jóvenes que querían ingresar en el mercado laboral se encontraron con que no podían hacerlo. Se volcaron así a la autoedición, fanzines donde la falta de estructura se compensa con exploraciones estilísticas y libertad creativa, que, en la década actual, renuevan el género. Se destacaron fanzines como Catzole y Hacha o la revista sobre historietas Comiqueando, que se convirtió luego en comercial. En la otra cara de la moneda, de esta época son las multitudinarias convenciones de comics como Fantabaires, con invitados extranjeros. El siglo XXI las haría más modestas y reorientadas a la producción nacional.

Siglo XXI, estallido y después

La devaluación posterior al estallido de diciembre de 2001 terminó de sumir en un letargo a la edición nacional de comics al disparar, entre otros, los costos del papel. El fenómeno abarcó también a la importación de material, encarecido súbitamente al terminarse el 1 a 1. Así, mientras dejaron de circular la mayoría de los fanzines y cerró la histórica editorial Columba, también cerraron sus puertas un montón de pequeñas comiquerías, quedando en pie apenas un puñado. Con la aparición de Internet, buena parte de la producción local se volcó a la web, desde donde ahora empieza a pasar al papel.

Tomó algunos años rearticular el mercado local y de hecho es un proceso aún en marcha. En ese tiempo surgieron varias editoriales pequeñas que publican una buena cantidad de títulos, algunas grandes volvieron a editar historieta y, hace casi dos años, reapareció la revista Fierro, que se edita mes a mes con PáginaI12. Todos signos alentadores que forman parte de lo que se llama habitualmente “el reverdecer de la historieta nacional”. La incógnita es qué depara el futuro. En una nota publicada hace algunas semanas en este diario, un editor aseguraba que las editoriales aún no tocaron su techo y que confían en seguir creciendo. Cómo y hacia dónde, está por verse. Lo que sí está claro es que la historieta nacional, que parecía herida de muerte en los ‘90, está viva y con abundante energía creativa. Merece festejarse.

Visto en Página12.

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